jueves, 4 de marzo de 2010

LA CUESTA "MATABURROS", O "CUESTA DE ENERO".


El tren fue disminuyendo su marcha hasta detenerse totalmente en la estación. Me había asomado a la ventanilla unos kilómetros antes para que mi mirada se pasease por ese paisaje tan querido y reconociese árboles, arroyos, setos, fincas, vacas y cada detalle de aquel pueblo que durante todo el año evocaba y añoraba.

Recogí mi equipaje, una pequeña maleta en la que había metido poca ropa, tan sólo para un fin de semana, esta vez venía a pasar ‘mi particular cuesta de enero en mi cuesta de enero particular’…

La abuela tenía su casita en lo alto de la calle oficialmente llamada “calle del postigo” y popularmente “cuesta mataburros” porque recordaba a las bestias que, cargadas con el heno o diversas mercancías, perdían el resuello intentando alcanzarla.

Para mí era la cuesta de la abuela o cuesta de Enero, porque sólo en esa época de Reyes me era posible recorrerla, o más bien bajarla y disfrutarla con un plástico, deslizándome por la blanca nieve que cubría aquel pueblo de montaña durante semanas.

Mientras subía lentamente, haciendo rodar mi maletín y mis largos años pasados en la capital, también rodaban por mi cabeza nostalgias y añoranzas.

Recordaba claramente el sabor de las galletas de mantequilla que horneaba mi abuela, el olor de los chorizos que secaban en la planta baja, ahumados por la leña del carbayu que le daba ese sabor tan especial a lar. El grito de mi abuela cuando me divisaba desde lo alto con sus brazos abiertos como refugio acogedor, mezclado con otros sonidos igual de familiares, como el de la esquila de las vacas en la lejanía, la campana de la iglesia o los cascos de las caballerizas que remontaban a mi vera la empinada cuesta.

Hacía años que no probaba las galletas ni las vacas me hacían coro al ritmo de mis pasos, pero en aquellos instantes rememoré con cada uno de mis sentidos aquella añorada y perdida infancia que tuve la suerte de disfrutar.

Hoy volvía a subirla una última vez. El agente de la propiedad me había citado a las 5 para ultimar los detalles de la venta de la finca que hacía tiempo que no visitaba. Olga, la vecina de mi abuela me había telefoneado para comunicarme que el tejado estaba en malas condiciones y sopesé la idea de repararlo y pasar allí algún fin de semana y fiestas con amigos, y por supuesto con él.

Pero él ya no estaba, un súbito ataque al corazón había acabado con nuestros sueños, y desde arriba me hacía guiños mientras pasaba las manos por los hombros de la abuela, y juntos miraban como mi fatiga me aceleraba la respiración. Él adoraba esa casa, la huerta, cada uno de los árboles frutales, setos, sonidos, olores y cada centímetro cuadrado de verde de la finca, que aprendió a querer conmigo.

La angustia de estar sola allí y la persuasión y los perseverantes argumentos del agente terminaron por convencerme de que enajenar la propiedad era lo mejor que podía hacer. Mis amigas me decían que con el dinero de la venta podría irme de vacaciones el resto de mi vida a cualquier sitio que se me antojase. Así que seguí su consejo y puse la casa en una agencia.

Súbitamente algo rozó mi cara, alcé de nuevo la vista, esta vez no ví a mis seres queridos, sino copos de nieve que danzaban alrededor mío y que hacían que la calle semejase a una bola de nieve agitada por una mano juguetona….

Y de repente supe que no podría hacerlo, que una y otra vez volvería en pos de mis amores, que aunque me costase, aquella era mi cuesta, mi ‘cuesta de enero sentimental.

ALGARABIA

Foto: Algarabia.

1 comentario:

Sacra dijo...

Una preciosidad de relato, pero...¿cómo no saliendo de ti?
Gracias por cooperar con nosotros y dejar ese pedacito de ti aqui.
Un biquiño muy grande. Querote