miércoles, 23 de diciembre de 2009

COMO ANTAÑO...


Llega un momento en el que obligatoriamente se abandona el asfalto, las calles tal cual las conocemos y el coche guía que precede a los otros cinco se adentra por los angostos caminos de los arrozales de Valencia y las grandes acequias que los riegan buscando la casa donde encontrar a los habitantes del motor de la Foia que nos esperan.
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El motor de la Foia es una de las tantas casas de control de riego de los arrozales de Valencia, lo que antiguamente eran las barracas que inmortalizó Blasco Ibañez en su novela, aunque bien es cierto que la barraca no era solamente casa de riego, sino la vivienda habitual de la gente de la huerta.
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Es una camino entre infinidad de caminos de tierra, estrechos, a la izquierda una gran acequia y a la derecha un campo con el arroz en flor donde es fácil perderse si no lo tienes muy claro, por lo que el coche guía duda en varias ocasiones, al menos esa es la impresión de los ocupantes de los otros cinco coches...uno de ellos el mío.
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Como suele suceder en las películas y en las novelas que al final el malo muere y la chica se casa con el guapo de turno, así nos sucedió a nosotros, que encontramos el camino sin saber ni como ni por qué, aunque lo más importante en esta ocasión no fue el camino y sí la meta.
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Y allí estaba la caseta del motor de la Foia, blanca y reluciente entre una encrucijada de acequias donde los peces eran fáciles de distinguir por la claridad de las aguas, y cuyos bordes estaban preñados de manjares de la tierra, como los tomates de un rojo intenso, o como las lechugas que parecían haber sido pintadas de un verde brillante no hacía demasiado tiempo.
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En la puerta, como personajes pintados por Sorolla, dos ancianos nos esperaban. Eran el tío Juan y la señora Visanteta, encargado él de abrir las compuertas del motor cuando era necesario, y ella de manera voluntaria encargada de hacerle compañía...y de eso ya hacía muchísimos años.
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A pesar de su edad, ambos eran septuagenarios, su estado físico era estupendo, y su estado anímico y emocional fabuloso, por lo que nos recibieron con la amabilidad que caracteriza a las gentes de la huerta.
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La estancia que servía de comedor no era más que cuatro paredes blancas, una mesa blanca rodeada de veintidós sillas que un día fueron nuevas y que al ser de distinto modelo el tiempo parecía haberlas igualado, la mantelería que cubría la mesa era sencillamente un rollo de plástico extendido y en uno de los laterales de la estancia sobresalía de manera majestuosa una gran rueda de acero que era la que servía para abrir y cerrar las compuertas del riego.
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La ensalada hecha por Juan y Visanteta tenía sabor de lo reciente, como antaño, el vino y la cerveza el frescor de la nevera de gas, ya que no había luz eléctrica, el arroz en paella tenía el toque dulce del pato de la Albufera, el all i pebre en su punto exacto con las anguilas vivas, y el ambiente distaba mucho del a veces encorsetado y rígido protocolo de los grandes restaurantes estrellados de Michelín para convertirse en una reunión sincera de amigos, como antaño.
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La charla de sobremesa y alguna copa que otra hizo que cayera la tarde y hubiéramos de "alzar el vuelo", pero al marchar, después de darles las gracias y de despedirnos de tío Juan y de Visanteta, todos tuvimos en nuestro interior el deseo de volver a repetir de nuevo, de volver por una horas al sabor de las cosas de antaño.
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Seguro que será posible.
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ALEX

1 comentario:

Carmela dijo...

He visto el paisaje, me ha llegado el color, me ha llegado el olor y he visto los rostros de Juan y Visanteta.
Eso lo logras tú.
Cuanta conmigo para la próxima paella.
Gracias por este regalo de navidad.
Querote artista.