sábado, 9 de agosto de 2014

NO HUBO PALABRAS DE CONSUELO


Con pisadas rápidas recorre la distancia que le separa de la casa.
Solo piensa en jugar con su amigo y en aquella huerta llena de frutales con un pilón tan grande como una piscina donde, con un poco de suerte, podrá mojar los pies.
Llama a la puerta y le abren. Entra y cruza el pasillo hacia el otro lado de la casa.
Su amigo la llama y le dice que su papá quiere hablar con ella.
Recorre hacia atrás el pasillo con cara de extrañeza y llama a la puerta de la habitación, donde una voz desde dentro le dice que pase.
Le sorprende la oscuridad que la rodea. La ventana está cerrada y le cuesta trabajo distinguir la silueta del hombre ante la ventana, que sentado en una silla le pide que se acerque.
Recuerda fases sueltas que la hacían sentir bien; "que guapa eres" "ya eres toda una mujer" y la petición prohibida "bájate las bragas".
Y al final el "no se lo digas a tus papas sino te van a reñir".
El olor rancio de aquella estancia, olor a sucio, a viejo, a cerrado y la sensación de que estaba todo cubierto de arañas le daba nauseas.
Más tarde el escozor entre las piernas fue lo que le quedó de aquel momento.
Huye para su casa con una nueva sensación que no conocía; la sensación de haber pecado y un puñetazo de angustia en el estómago que llevará con ella por el resto de su vida.
No sabe porqué volvió. Quizás el querer soñar que no pasó nada, o le gustaba que la halagaran y la hicieran sentir mayor, pero volvió. Y la historia se volvió a repetir por segunda vez. Y también su huida de aquella casa con el dolor entre las piernas y esa sensación en el estómago ahogándola.
El tercer día fue diferente. Ese día la volvió a llamar, pero no se conformó con tocarla, sino que la recostó sobre la cama maloliente.
Aquel hombre le daba asco. Su aspecto era el de un salvaje, sucio, mal vestido y ahora se echaba sobre ella y le hacía daño, mucho daño.
Tanto daño que ella comenzó a llorar y pedirle que se sacara de encima, que se quería ir. Y su voz se alzaba cada vez más y el hombre temió ser descubierto.
Así que se apartó de ella y la volvió a amenazar con que si se lo decía a sus papas, la iban a castigar porque había hecho algo muy malo.
Ella se subió las bragas y corrió más que nunca, dolorida y asustada, aterrorizada.
Llegó a su casa y llamó a su madre a la que le contó lo que había sucedido.
No hubo abrazos de consuelo, ni palabras dulces, no. Solo lágrimas y un "por qué le dejaste", " No sabes que es pecado", " No eres tan niña y sabes que eso está mal". ^
No entendía porqué su madre le insinuaba que ella era la culpable y lloraba perdida en un mundo de pesadillas infantiles, donde el ogro no era ogro y ella era una bruja.
" Ahora vas a hacer la primera comunión y se lo vas a tener que confesar al cura para que dios te perdone". Esas palabras la marcaron para el resto de su vida.
Durante meses, mientras volvía de la escuela, lo hacía con miedo terrorífico de encontrarse a aquel señor y le hiciera daño. Pero mucho más miedo le dio el saber que se lo tenía que contar a un desconocido porque "era pecado". Esas palabras golpeaban su mente y su estómago una y otra vez.
Esas palabras le hicieron tanto daño como las caricias obscenas del cerdo del vecino.
Han pasado los años, ya es toda una mujer, pero aquella angustia sabe que la llevará con ella hasta la misma tumba. Angustia de sentirse sucia y al mismo tiempo vejada.